Follar sí, pero hablar de ello, también

Somos la generación millennial, aquella que nació con la revolución de las nuevas tecnologías, que tiene un móvil en la mano para buscar a golpe de clic toda la información que deseamos. Sin embargo, aún nos cuesta decir palabras como pene, vagina, penetración, no solo entre nuestras amistades o familiares, sino, incluso, cuando se trata de nuestra propia salud cuando acudimos a una revisión médica.

A lo largo de la historia hemos creado en nuestro imaginario colectivo una imagen del sexo como algo oscuro, como un asunto para hablar en espacios cerrados, como puede ser nuestra casa, hasta el punto de que, cuando llega nuestro despertar sexual, intentamos masturbarnos con la puerta cerrada ante el miedo de ser descubiertos. De esta forma, en nuestra adolescencia, ese momento vital donde las hormonas revolucionan nuestro organismo y la palabra follar comienza a llamarnos la atención; el primer acercamiento que tenemos con el sexo es mediante la pornografía, en la que se aglutinan numerosas escenas sexuales idílicas que fomentan esa construcción de la que hablábamos antes. En ella, es el hombre quien domina y tiene, tanto una gran virilidad, como vigorosidad sexual, mientras que la mujer se limita a ser quien cumple todas las fantasías sin exteriorizar sus deseos. A ello se suma que, muchas veces queda relegado el sexo entre mujeres como un fetiche sexual entre los hombres heterosexuales o una mera pestaña de la página al sexo entre hombres, dos aspectos para tener en cuenta para comprender la forma en la que estas dos formas de tener sexo se encuentran en un segundo plano, a pesar de la cantidad de dinero que mueve este tipo de cine.

Si queremos continuar con la transformación social que tanto caracteriza a nuestra generación y poner los cimientos de una nueva forma de tener sexo, es fundamental parar y tomar consciencia del poder que ha tenido la industria del porno, la publicidad, las redes sociales o los propios medios de comunicación en la construcción de nuestro concepto de la sexualidad. En este sentido, recuerdo una frase que cada 8 de marzo llena las calles en la manifestación, ya sea en pancartas o al grito de nuestras hermanas: “mi cuerpo, mis normas” y es que, cada persona tiene el poder de llevar el placer y la satisfacción individual hasta donde considere necesario, siempre con la convicción de que NO es NO, porque poner límites al sexo, también es ponernos en el centro de gozo.

¿Decimos que nos estimulen el clítoris? ¿Verbalizamos que nos está doliendo la penetración que estamos teniendo? O, por lo contrario, somos meros objetos inanimados que se limitan a complacer al amo sin atender nuestras demandas y fantasías sexuales. El fomento de una educación sexual basada en el consentimiento sexual, donde la persona sea capaz de expresar lo que quiere y desea en cada momento o mostrar las diferentes formas de vivir la sexualidad, son dos aspectos fundamentales para derribar esa enorme muralla que ha sido construida por una sociedad llena de prejuicios y miedos.

Follar sí, pero hablar de lo que nos gusta, nos excita y queremos hacer, también, puesto que será la única manera de comenzar a encender las antorchas necesarias para terminar con el oscurantismo que ha rodeado al sexo.

Autor del texto: Anthony Carballo Díaz, médico especializado en salud sexual (@anthonycdiaz).

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