Tápate

Tápate.

Esa orden, consejo, recriminación, reproche. Por tu bien. Por si acaso.

Tápate. Porque no sabes lo que pueden pensar de ti. Porque te criticarán, como si no lo hicieran ya por mil razones diferentes. Tápate porque te juzgarán. Porque escudriñarán cada pixel y cada centímetro de tu piel. Mirarán con lupa cada detalle de tu cuerpo para destrozarlo. Analizarán cada poro sin piedad.

Tus curvas en secreto podrán generar deseo, pero en público, sólo bochorno. Demasiada carne. Demasiada desnudez.

Si enseñas mucho, quizá buscas algo. Si se te ve poco, pareces estrecha. Si se te ve poco escote, eres una mujer seria. Que muestra seguridad, poder, que está a la altura de su cargo público y de lo que se espera. Si enseñas las tetas, aunque sea un poco de canalillo, te pones a ti misma en tela de juicio, te expones. Te sometes al escrutinio colectivo. Buscas fueguitos en Instagram. Desligitimas tu posición. No vales para ser una directora general o la máxima representación orgánica de tu partido en Canarias. Cuestión de tamaños.

Demasiados tatuajes en la piel. Te vas a arrepentir. Eso no es normal en alguien que está en política, te pasará factura. Vístete de claro, de colores, aunque no seas tú, aunque no te guste. Ponte tacones, ¿adónde vas con esos tenis?. En el mundo de la política, los tenis, pircing, tatuajes, sobran. Sorprenden. El siglo XXI no ha llegado aún. Parece que solo puede hacer política un hombre mayor de 50 años, por no decir de 60, con traje, que lleve 30 años o más haciendo ya política en algún nivel institucional. Eso es lo «normal», lo establecido, lo serio. ¿Lo bueno, lo mejor?.

A plena vista del estado de Canarias, no parece que esos hombres mayores chapados a la antigua con sus intereses y amiguetes en lo económico hayan sido de lo mejorcito para el desarrollo económico y social de las islas.

Pero claro, ¿dónde va una mujer (una niñata en sus palabras) de treinta años, con su descaro, sin protocolos, sin rendirle pleitesía a nadie? “No durarás mucho”, me dicen. Seguramente sea cierto.

Además, no tienes las medidas estándar. Para más culpas, más problemas de autoestima, inseguridades. Toda una vida de no estar cómoda con tu cuerpo. De no verte reflejada en pasarelas, revistas, series, películas o moda. De sentir que no encajas porque no hay tallas para esta cadera. Que te aprieta el chichi el pantalón, y no es que las tallas sean un disparate, sino que te sobran kilos. Que el culo grande mola, pero solo si lo pone de moda la Kardasian y lo tienes entrenado y durito. No mola tanto si te pasas horas entre reuniones. Sentada escribiendo, discutiendo, programando, planificando cosas que podrían mejorar la vida de la gente. Pensando políticas que podrían cambiar el curso de años de dejadez en las cuestiones que afectan directamente a la juventud y a la población isleña con más dificultades. Esas por las que mi familia, mis amistades, y yo en mis propias carnes hemos pasado.

No llegar a final de mes. Ahorrar hasta el cortado para pagar el alquiler o la hipoteca (con la suerte de haberte emancipado). La nevera vacía y esperar a cobrar para hacer compra. Que tu mayor lujo o capricho sea una camisa de una franquicia que viene de Taiwan o China, que cuesta apenas unos euros y quizá la fabrique una niña o una mujer que cobre miserias y tu te dejes menos de 20 euros para sentirte mejor. Si es que con este pecho a la camisa le cierran los botones y dura más que un par de lavados.

Se habla poco de estos problemas corrientes. Violencia estética es el nuevo concepto para situaciones viejas. Nos atraviesa a hombres y mujeres. Sobre todo de jóvenes, pero, como siempre, a las mujeres nos supone un mayor complejo personal y un mayor reto colectivo a sobrellevar y, siendo positivos, superar, o al menos aceptarlo, y convivir entre autoexigencias, prejuicios sociales y modas impuestas por el sistema económico.

Y que sí, que tengo que ir al gimnasio, lo sé. Organizar bien mi vida y dedicar tiempo a cuidarme por fuera. Pero nadie me pregunta por la cabeza. Si anda ordenada. Si te encuentras bien. Y si el corazón anda amueblado. En estos tiempos la salud mental sigue siendo esa gran asignatura pendiente. Políticamente hablando, pero también en las relaciones humanas. Esas donde prima lo físico, la primera impresión. Esa que se ve en Instagram: findes geniales, vacaciones perfectas, vidas maravillosas, cuerpos espectaculares, relaciones de pareja de cuento.

¿Y la cabecita bien?, ¿Paz por la noche al acostarte con al almohada? Si se hablara más de esto desde que somos muy pequeñas, cuando de adultos llegáramos a un trabajo o a la política no tendríamos tanto problema con egos, maltrato, formas de violencia implícita o explícita. Esas miserias humanas que nos persiguen podrían menguarse por el bien social.

Y en lugar de todo esto, el problema será mi incontinencia verbal en Twitter. Y el bikini que he subido a Instagram. Ambas, pruebas perfectas de que no soy apta para hacer política. Que me salto las convenciones sociales mínimas porque no quiero ser madre, me da igual el bello corporal, soy aliada del colectivo LGTBI en su lucha y una feminista convencida que se sigue cuestionando y deconstruye cada día.

Soy una feminista a la que le encantan sus labios rojos y un buen escote. Una que intenta sobrevivir en una sociedad machista bestial ejerciendo aquello tan manido últimamente de los cuidados desde lo rutinario, desde lo pequeñito, cuidando primero a quienes tiene más cerca. Enseñándonos. Autocorrigiendose.

Permitiéndose errar. Dándose treguas.

Por eso, cuando me dicen tápate, suelo responder que estoy hasta el coño como lema definitivo. Harta de taparme por fuera y por dentro. Harta de lo que callo. Harta de lo que veo. Harta de ciertas miradas. De cuestionamientos. Harta de roces inapropiados. Harta de la política de machirulos. Harta de esconder mis tetas y mis chichas. Aburrida de decorar lo feo de la política que es mucho. Harta de señoros en medios de comunicación dando lecciones.

Y ojalá hubiera escuchado a mujeres como yo a los 15, 18 o 25 años. Ojalá haber tenido más referentes femeninos que no escondieron sus mierdas humanas tras una sonrisa de postureo. Ojalá más cuerpos diversos, menos sexualización de los cuerpos y feminismo en vena. Menos culpabilidad y menos tabús. Ojalá menos cárceles sociales para quien odia el sujetador o la corbata y aún así pasa por el aro. Ojalá más provocación y más sinceridad. Y si esto te resulta ofensivo, si mi desnudez literaria y fotográfica te molesta, háztelo mirar, abre la cabeza, lee. Mira alrededor porque igual eres tú quien está equivocado.

El siglo XXI va empujando, igual que ciertos odios y la ultraderecha, y uno puede elegir taparse de estereotipos y corrección o decir hasta el coño y desnudarse. Ya saben mi elección.

Autora del texto: Laura Fuentes Vega, Directora general de Juventud del Gobierno de Canarias (@lauraateneafv).

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One Reply to “Tápate”

  1. Fanny says:

    Me encanta la reflección, totalmente cierta, comparto su pensamiento. Grande Laura, hay que hablar para que nos escuchen. Basta de estereotipos. No dejemos que nos impongan comportamientos que no deseamos. Gracias, por dejarnos escucharte.

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